LIBROS PARA ENTRETENER Y PENSAR

Para descubrir el sentido de tu vida, necesitas consultar a tu propia conciencia, desestimar todo lo que oscurezca tu libre visión y dejarte abrazar por la idea de que tu bien depende del bien de todos. Será entonces cuando percibirás un destello de la luz que necesitas hasta llegar a comprender que la libertad, a la que aspiras se alimenta del amor universal. “Ama y haz lo que quieras” es la consigna que se tomó para sí mismo San Agustín, un hombre que amó mucho en todos los órdenes de la vida terrena hasta que descubrió aquello de que “nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Ti”.

domingo, 10 de mayo de 2026

CRISTO JESÚS CON NOSOTROS Y LO OTRO EN LA HISTORIA

 

¿Qué razón hay para que exista el mal si Dios, Suprema Bondad, ¿no crea más que lo bueno? Esta fue una de las preguntas que se hizo San Agustín de Hipona por entender que la pertinente respuesta resulta esencial para la fe en un Dios todo Amor. Había pasado largos años de disipación juvenil sin creer en nada más excelente que él mismo. A la par, distraía a la propia conciencia con leves simpatías hacia el maniqueísmo, secta que consideraba al bien y al mal, valores supremos de igual nivel en perpetua confrontación sin clara supremacía de ninguno de ellos entre las sociedades humanas. Cuando Agustín se vio asaltado por la idea de un Dios ciertamente bueno y poderoso ¿por qué tantos males en el mundo cuando Él dispone de un infinito poder para neutralizarlos y, de esa manera, mostrar su amor por nosotros? Dos habían sido los motivos que indujeron a Agustín a hacerse maniqueo. En primer lugar, porque los maniqueos ostentaban un fuerte racionalismo y trataban de explicar todo con la fuerza de la razón. En segundo lugar, porque los maniqueos parecían ofrecer una solución aparentemente simple al problema del mal: El perpetuo equilibrio entre ambos fenómenos. El período maniqueo de San Agustín duró nueve años (373 – 382), un período que dejó en él marcas indelebles. La doctrina maniquea es claramente gnóstica. Se funda en la aspiración hacia el más allá y tiene una fuerte tendencia a la fuga de este mundo. El alma se encuentra encerrada en el cuerpo, de manera que no puede alcanzar la «gnosis», es decir, el conocimiento divino. Por ello, el alma aspira a separarse del cuerpo.

Leemos en la Enciclopedia Mercabá que, respecto tal problema, San Agustín toma conciencia del mal como una enorme potencia. La materia se transforma para él en un representante extremamente violento del principio del mal. Intenta profundizar en el problema de manera irreprensible y crea así dificultades a más de algún maniqueo. Maniqueísmo es el nombre que recibió una doctrina, que pretendió erigirse en religión universal en el siglo III d. C. desde el Imperio sasánida de la mano del ideólogo parto Mani o Manes (215-276 d. C.), personaje que se hizo pasar por el último de los profetas enviados por Dios a la humanidad, siguiendo a Zoroastro, Buda y Jesús.

El maniqueísmo enseñaba una elaborada cosmología dualista que describe el conflicto entre un mundo de Luz, bueno y espiritual, junto a un mundo de Oscuridad malévolo y material. A través de un proceso continuo que tiene lugar en la historia humana, la Luz sagrada se retira gradualmente del mundo material, retornando al mundo superior de la luz, de donde proviene. Mani tenía como propósito con sus enseñanzas «combinar», suceder y sobrepasar las enseñanzas del platonismo, cristianismo, el zoroastrismo, el budismo, el marcio-nismo, el judaísmo helenístico y rabínico, los movimientos gnósticos, la religión de la antigua Grecia, la religión babilónica y otras religiones mesopotámicas hasta los cultos mistéricos.

Para Manes el mal existe como un segundo principio divino. De este modo, habría que admitir la existencia de un «segundo Dios», que es el dios del mal. De aquí, dice San Agustín, nacía también mi creencia de que la sustancia del mal era propiamente corpórea y de que era una mole negra y deforme; ya crasa, a la que llaman tierra, ya tenue y sutil, como el cuerpo del aire, la cual imaginan como una mente maligna que raptaba sobre la tierra. Y como la piedad, por poca que fuese, me obligaba a creer que un Dios bueno no podía crear naturaleza alguna mala, las imaginaba como dos moles entre sí, contrarias, ambas infinitas, aunque menor la mala y mayor la buena.

Sin embargo, de esta concepción surge en San Agustín una pregunta ontológica: ¿Puede la materia ser en sí misma realmente mala? Para él esta es una pregunta realmente dramática. Por un lado, él creía en el sentido bíblico de una creación buena de Dios. Por otro lado, el dualismo se había impreso fuertemente en él. Buscó unas soluciones convincentes y coherentes y descubrió la posibilidad de pensar a Dios de otro modo.

Previamente, ha rechazado la tesis del neoplatónico Plotino (205-270) porque, desde su punto de vista, no es una solución, sino sólo un alivio para un Dios no creador. Para Agustín, convencido de la existencia racional de Dios creador, esta hipótesis de una materia increada y responsable del mal es absurda e ilógica. No puede existir una materia increada, porque si es materia, existe y si existe, es creada. El principio de la materia como mal es una escapatoria: si la materia existe, también, ésta es obra del Creador «El padre del cual derivan todas las cosas es causa por la cual nosotros existimos». Y si la materia es obra de Dios, también es buena. Precisamente en esto se engañaba Plotino. La materia no es principio del mal, y por ello, San Agustín llegó a la resolución de que debía buscar la causa del mal en otro lugar que no fuera la materia, ni lo corpóreo.

La doctrina de Plotino, además de ayudar a San Agustín a superar la cuestión de la dualidad maniquea, le encaminó a la formulación de su propia doctrina. Sobre el fondo de la doctrina platónica, San Agustín puede finalmente adoptar una fórmula que ya escuchó antes de su maestro Ambrosio: el mal no es sino la «falta de un bien». Por tanto, en términos filosóficos, el mal no tiene ninguna sustancia. «El mal no es una sustancia, porque si fuera una sustancia, sería bueno». «Ninguna naturaleza es un mal, no siendo este nombre sino la privación del bien»:

El mal no es una sustancia, sino una privación. Es privación de un bien debido, del mismo modo como la ceguedad es para el hombre la privación de ver. Por lo tanto, si el mal es la privación del bien, no se puede pensar en un mal sin la relación con un bien. El mal existe en el bien y sólo tiene sentido en relación con un bien al que le falta la propia perfección. Este mal no tiene subsistencia propia y, por consiguiente, reside en algo bueno.

Concluimos con la Enciclopedia Mercabá: San Agustín, no niega la realidad de la existencia del mal. Llega a la conclusión de que el mal no es una sustancia, pero no por esto es inexistente. Con la definición del mal como privación del bien, aporta al cristianismo y a la filosofía una gran riqueza. Esta definición representa el conocimiento más delicado del problema del mal, sea en el plano metafísico o en el teológico. Reconoce en el mal toda su extensión y dominio, pero, al mismo tiempo, pone al desnudo su miseria ontológica demostrando que el mal en sí no puede subsistir y que, por ello, necesita del bien. El mal existe, pero sin sustancia perdurable; gracias a ello, contamos con EL AMOR DE DIOS CONTRA EL PROBLEMA DEL MAL.